Jesús Ojeda Ramírez

El arte es visceral decía Beethoven, la fuerza del arte está en las vísceras del creador. Yo realmente no sé dónde está pero si sé cómo me invade, enajena y me insensibiliza de mi entorno. Todo lo puede convertir en instrumento con capacidad para crear, es una fuerza que me permite poder salir de mí mismo para acercarme a lo inconmensurable, a lo intangible, y también a la impotencia, todo ello simultáneamente y estando en contacto físico con la propia obra que realizo. Entiendo la obra artística como una fuga sin final, considero que el espíritu de una obra nunca puede acabarse porque sigue generando sensaciones inacabadas en los amantes del arte, sigue haciendo soñar a los soñadores sueños que nunca antes fueron soñados, y si lo fueron lo hicieron de distinta manera.

Se ha definido el arte y la obra de arte hasta la saciedad pero hablar de ellas, sentirlas y realizarlas son cosas muy diferentes, en cuanto a sentimiento comunicable entre autor y observador es como comer una naranja e intentar explicar perfectamente a qué sabe a quién no la ha probado nunca o, si la ha comido, tener la certeza de que el sabor apreciado por ambos es el mismo. En cuanto a la realización, el autor nunca podrá ni asumirá que es una obra de arte, pero sí que sabrá si fue arte lo que realizó porque su propia obra lo desenmascarará ante sí mismo y ante los demás.

Las tendencias, métodos, técnicas, materiales, etc. no son más que herramientas, caminos, pero no son arte en sí mismos, esa solo queda en las manos del artista y en su capacidad de saber y poder trascender a algo más que la pura estética o el virtuosismo.

El Arte no es la pintura, ni la escultura, ni la música, ni la poesía, ni ninguna de las otras expresiones artísticas en sí mismas, es lo no tangible lo que es capaz de mover sentimientos, enajenar voluntades y condicionar vidas ante una expresión humana sea plástica, literaria, poética, musical o de oratoria y pasan a ser, desde su propia creación, atemporales en su mensaje a los ojos o a los oídos y sobretodo al alma de quienes saben mirar con la atención y la sensibilidad que la obra requiere.

El Arte no es erudición, ni capricho, ni moda, ni mercado, ni especulación, es un sentimiento con capacidad de transportar la mente y el espíritu a un lugar donde nada se define porque no se puede, donde nada se explica porque no tiene explicación, donde nadie sobra ni a nadie se le impide su entrada por humilde e ignorante que sea. El espíritu del verdadero artista es sabio en sí mismo y además dispone de todo lo necesario e imprescindible para crear, que no son otra cosa que su imaginación, su actitud, su aptitud, constancia y humildad.

Un artista de verdad no puede ser excluyente, soberbio, engreído o mercantilista, porque así nunca podrá ser honesto ni consigo mismo ni con los demás, (si es que eso puede diferenciarse), ni tampoco con lo que hace o muestra como "su" arte y esa es la condición sine qua non, ya que nadie puede ensoberbecerse por lo que le fue gratuitamente concedido. Diría que es como un don ingrato, pues al final resulta para disfrute de los demás y de permanente inquietud para el autor, siempre insatisfecho con un resultado que siempre puede mejorarse, por aparentemente perfecto que pueda parecer.

Cada obra que se acomete es un reto, un desafío a las posibilidades, un empeño a la armonía, un nuevo amor heterogéneo de imprevisibles resultados, un grato y adictivo esfuerzo constante para tener segundos de gozo y días de incertidumbres. Luego, algo dentro de ti tiene que decirte que la obra puede estar terminada, tan solo que puede estar terminada. No sería la primera vez, ni quiero que sea la última, en la que habiendo dejado un cuadro ya firmado vuelva sobre él para intentar mejorarlo.