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Yo también hablo del azul

29 Mayo 2026 | Débora Lewinson | Artículos

¡Sí, es azul! ¡Tiene que ser azul!

Un coagulado azul de lontananza,

…Es un vaso de tiempo que nos iza

en sus azules botareles de aire

Muerte sin fin (1939), José Gorostiza

Azul mesoamericano sobre amate

Mujeres indígenas pintando cerámica azul violácea, impresa sobre papel amate y dispuesta sobre fondo azul. Colección de la autora.

Imaginemos, desde distintos lugares del planeta y en diferentes momentos de la historia, el horizonte marítimo antes del amanecer; o, al mediodía, los lagos y los ríos, las montañas en lontananza, el tono más intenso del cielo bajo la luz plena o la firmeza tonal del cielo nocturno.

Cerremos los ojos. Volvamos a recrear cada una de esas escenas, tejamos su secuencia narrativa y reconozcamos la presencia del personaje principal: el azul, color de lo interminable, de lo místico, de lo inaccesible, de lo lejano; aquello que se magnifica y se engarza en la mitología de numerosas culturas.

Aunque esta afirmación tiene matices. Daniel Entrialgo, en Cuando el mar no era azul, y Michel Pastoureau, en Azul. Historia de un color, recuerdan que este color no fue percibido ni valorado del mismo modo en todas las épocas: desde la relativa indiferencia de los griegos hasta su ascenso en la Europa cristiana medieval, cuando comenzó a convertirse en signo de elegancia, belleza y prestigio.

Mientras tanto, en otros lugares del planeta —lejos de ese ego-centro llamado Europa, que durante siglos se ha narrado a sí mismo como medida del mundo—, el azul surgía de piedras, plantas, minerales, arcillas y procedimientos técnicos complejos. En Asia, Oriente Medio y Mesoamérica, el azul no fue una nota al margen, sino una materia fundamental de cultura, poder, rito y pensamiento.

Con sus 111 variaciones cromáticas —si seguimos ciertas clasificaciones contemporáneas—, el azul sigue desplegándose como uno de los colores más ricos, inasibles y cargados de sentido. Ocupa un lugar preferente en la pintura, la arquitectura, la poesía, la música, el cine y la fotografía. El enamoramiento continúa: basta recorrer nuestra galería para reconocer cómo mis compañeros y vecinos lo prolongan, cada uno a su manera, en sus obras.

Este sucinto recorrido geohistórico —al que volveremos en menos de un minuto— nos recuerda que el azul, como todos los colores, es también una construcción social. Su valor no reside únicamente en la percepción óptica, sino en los significados que cada época y cada cultura le han conferido. El color se vuelve entonces estética y también lenguaje: una forma de ordenar el 2 mundo, de nombrar lo sagrado y de reconocer aquello que cada cultura consideró valioso.

Ante el anhelo de tener el color en las manos, desde hace milenios se ha intentado crear el azul, uno de los colores más difíciles de encontrar de forma estable en la naturaleza. Para reproducirlo, se recurrió a piedras preciosas, tintes vegetales, minerales y procedimientos sintéticos. Así nacieron algunos de los grandes azules de la historia: el lapislázuli de Afganistán; el azul egipcio; el azul Han de China; el tekhelet, azul ritual de la tradición judía; el ultramar de los pintores europeos; y el azul maya, utilizado en diferentes lugares de Mesoamérica.

La historia más difundida del azul suele detenerse con fascinación en el lapislázuli, en el manto de la Virgen, en Giotto, Fra Angelico, Tiziano o Vermeer; más tarde, en los azules vibrantes de los impresionistas, en las noches y fondos intensos de Van Gogh, en Chagall o en el azul absoluto de Yves Klein. Y con razón, sus azules marcaron la historia del arte occidental. Pero esa ruta, por importante que sea, está incompleta si no mira hacia Mesoamérica, donde surgió —desde antes de nuestra era común— una de las grandes tecnologías cromáticas de la humanidad y, al mismo tiempo, un azul ligado no solo a la belleza, sino al agua, la lluvia, el jade, el maíz, la fertilidad, el sacrificio y la permanencia.

En el mundo maya, el azul y el verde no siempre fueron territorios separados. En el campo semántico de ya’ax, especialmente en el maya-yucateco, podían reunirse lo verde-azul, el jade, el agua profunda, la vegetación, las plumas del quetzal, el cielo y las materias preciosas. No se trataba de no distinguirlos, sino de ordenar el color desde otro campo simbólico: lo húmedo, lo fértil, lo joven, lo sagrado, lo que nace y renace.

Antes de llegar al azul maya plenamente identificado, habría que detenerse en San Bartolo, en El Petén, Guatemala. Sus murales, descubiertos en 2001 y fechados hacia el siglo I a. e. c., muestran, en el muro oeste, un azul, zonas de color frío y tonalidades gris-azuladas que pueden leerse como antecedente o zona temprana de experimentación cromática. El hecho de que se hayan descubierto en este siglo XXI, modificando varias de las tesis sostenidas hasta entonces, es una señal de que la historia de estos azules todavía está abierta. El hallazgo mismo de San Bartolo recuerda algo esencial: de los saberes científicos, técnicos y artísticos de las culturas prehispánicas aún queda mucho por descubrir.

Ahora sí, acerquémonos al azul maya, ese azul luminoso de tonalidad turquesa, considerado, junto con el azul egipcio y el azul Han de China, uno de los grandes pigmentos azules sintéticos más antiguos del mundo. No es un simple tinte ni un mineral molido, sino un compuesto orgánico-inorgánico: índigo —procedente del añil, planta que fuentes nahuas nombran como xiuhquilitl, la hierba azul— unido y protegido por una arcilla mineral, principalmente paligorskita. Esa unión, descrita por los científicos como una nanoestructura, ayuda a explicar su extraordinaria resistencia ante la luz, la humedad, los ácidos y el deterioro ambiental; también permite entender por 3 qué subsisten esos colores en lugares como Bonampak, El Tajín o el Templo Mayor.

Entre quienes abrieron camino en esta mirada ocupa un lugar fundamental Constantino Reyes-Valerio, autor del libro De Bonampak al Templo Mayor: el azul maya en Mesoamérica. Beatriz de la Fuente, al comentar esta obra, subraya que «el azul maya, a decir de quienes lo han investigado, no tiene paralelo con otros pigmentos del mundo; es único y original de Mesoamérica». También señala su presencia en sitios como El Tajín, Tamuín, Bonampak, Cacaxtla, el Templo Mayor de Tenochtitlan y Zaachila. Además, propone incluir Las Higueras, en Veracruz. Su observación es clave: el azul maya no pertenece solo al área maya estricta, sino a una geografía mesoamericana más amplia y totalmente diversa.

Conviene insistir en esto: el azul maya, y con él otros azules mesoamericanos, no tuvo un tono único y uniforme. Murales, códices, vasijas, cerámicas y fragmentos pictóricos muestran una gama compleja de matices obtenidos mediante mezclas minerales y orgánicas: azul turquesa, azul profundo, azul grisáceo, verde maya, tonos verdosos amarillentos, mezclas rosadas y gris azuladas, e incluso derivaciones azul violáceas.

En El Tajín, por ejemplo, estudios recientes describen una paleta exuberante, con combinaciones poco comunes dentro del arte mesoamericano; allí se mezclaban azules y verdes mayas con otros materiales colorantes para obtener no solo azules puros, sino modulaciones intermedias, terrosas, acuáticas o veladas. Esta diversidad ha sido confirmada por investigaciones arqueométricas desarrolladas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en el Laboratorio Nacional de Ciencias para la Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural (LANCIC) de esta universidad.

En Bonampak, cuyas pinturas se fechan entre 790 y 792 e.c., el azul participa en una de las grandes escenas murales del mundo maya: corte, música, guerra, danza, ceremonia y poder dinástico. En Cacaxtla, el azul maya convive con imágenes de combate, agua, fertilidad y prestigio político; los análisis de sus murales han detectado paligorskita en pigmentos azules y verdes. En Chichén Itzá, el azul se vuelve cenote, lluvia, sacrificio y ofrenda: no solo cubre objetos, sino que participa del acto ritual mismo. Investigaciones sobre el Cenote Sagrado muestran que el azul maya estaba asociado a vasijas, copal, cuerpos y ceremonias dedicadas al agua y a lo divino. 

También en Teotihuacán, especialmente en los muros de Tetitla, aparece un azul cercano al azul maya, aunque distinto en su materia: el llamado “azul Tetitla”. Arthur Miller le dio ese nombre y Beatriz de la Fuente aclara que se obtiene de azurita; ahí está su diferencia fundamental con el azul maya, nacido de la unión entre el índigo y la paligorskita. Esa distinción subraya la existencia en Mesoamérica de una constelación de azules que todavía estamos aprendiendo a mirar.

La conquista no apagó del todo esa tradición. En la Nueva España del siglo XVI, el azul maya sobrevivió en programas murales de conventos, donde 4 manos indígenas y cristianismo impuesto se encontraron en una misma superficie, respirando bajo nuevas imágenes y nuevos relatos: coloniales, barrocos, populares, devocionales. En la iglesia dominica de San Jerónimo Tlacochahuaya, en Oaxaca, el azul se entrelaza con flores, ángeles, órganos, dorados y una policromía asombrosa. En Tonantzintla, los tonos azules, rojos, rosas y dorados envuelven al espectador en una atmósfera celestial donde no hay espacio para el vacío; el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) la describe como una de las expresiones más extraordinarias del barroco estucado novohispano. 

Desde la época colonial y durante buena parte del siglo XIX, el añil viajó hacia Europa en cantidades considerables. No por azar se le llamó «oro azul»: su valor comercial lo convirtió en uno de los tintes más codiciados de la economía atlántica, capaz de competir con el índigo asiático y con otros azules europeos.

La fotografía que acompaña estas letras no ilustra un azul único, sino esa zona de desplazamientos donde el color se mueve entre materia y soporte, recordándonos que el azul mesoamericano no fue una superficie plana, sino una familia de apariciones: agua profunda, maíz, jade, sombra, noche, rito, memoria y permanencia, arcilla y fuego. Tonalidades que nacieron para vincular lo visible con lo invisible.

Y si Xavier Villaurrutia escribió Nocturna rosa para hablar de una rosa que no era solo rosa, cierro, en homenaje, con un azul que tampoco es únicamente azul:

No, no es el azul azul

sino el azul increado,

el sumergido azul,

el nocturno,

el azul inmaterial,

el azul hueco.

Es el azul de la distancia hecha tacto,

el azul que traspasa las tinieblas,

el azul que avanza enardecido.

Variación sobre Nocturna rosa, de Xavier Villaurrutia.

Fotografía y texto: Patgava